viernes 5 de septiembre de 2008

Puno, Ilo y el valle de Omate

Al entrar a Perú tuve mala comunicación con el agente de migración, y sólo me autorizó para estar 30 días, tiempo insuficiente para alcanzar a conocer algo de este enorme territorio. Tomé un bus en Desaguadero con dirección a Puno, con la esperanza de arreglar el problema allá.

El bus hacia Puno transita mayoritariamente por la ribera del Titicaca, pasando por algunos pintorescos pueblitos. Hay bastantes controles de la policía en el camino, y uno ya se da cuenta de que está en otro país cuando, por ejemplo, al divisar a la policía de tránsito todos los pasajeros en el pasillo del bus se agachan para evitar cualquier multa. Así, se llega a Puno mediante estrictos controles. En el pueblo he hecho algunos trámites, en particular tratar de resolver el problema del pasaporte, pero fue imposible: para arreglarlo debo volver a salir y entrar al país. ¡Burocracia tercermundista! Por mientras, recorro la ciudad, subo al mirador del cóndor en un cerro, desde donde se puede apreciar toda la urbe además de la bahía de Puno en el Titicaca. Como ha sido de costumbre durante el viaje, si hay algunos hombres bebiendo cerveza que me divisan, siempre me invitan y yo gustoso acepto la invitación y comparto con ellos. Además me he dirigido al muelle a visitar el destino turístico más apreciado del lugar: las islas de los Uros.

Los Uros eran un pueblo más que habitaba la ribera del lago a la llegada de los españoles, y según nos cuenta un guía local, al no querer someterse al dominio español, tomaron sus barcos de totora y se adentraron en el lago. En principio, construyeron sus pequeñas casas en los mismos barcos, y luego, construyeron islas flotantes para vivir. Extraían cierto tipo de raíces flotantes, las cubrían con un tejido simple de mucha totora que renovaban cada cierto tiempo, y ya está, se tiene una isla flotante que puede ser anclada. Aquí construían sus viviendas. Tal como me dijeron algunos amigos antes, es un lugar muy turístico pero muy impresionante. Hay decenas de pequeñas islas con algunas casas, y la gente, descendiente de los Uros, vive principalmente de la pesca y ahora del turismo y artesanía, aunque ya tienen todas las comodidades del mundo moderno, además de estar muy cerca de la ciudad de Puno, y estar rodeados de muchas totora que les permite seguir renovando semanalmente sus islas.



De Puno he vuelto a Desaguadero para salir a Bolivia y volver a entrar a Perú. Es gracioso cómo crucé innumerables veces el puente de un país a otro, con un control casi nulo. Sólo en una de las ocasiones me detuvo la policía peruana y me revisó. Es curioso además que la única frontera más estricta del continente es la de Chile, lo que repercute negativamente en la integración de nuestros pueblos. Y bueno, finalmente, tras una pequeña tortura sicológica del agente de migración, reingresé a Perú con mis 90 días. Así, me fui hacia la salida del pueblo de Desaguadero a "hacer dedo". Estuve muchas horas en esto, hasta que por fin paró un camión con dos bolivianos muy bondadosos y que llevaban a su bebé de cuatro meses con ellos. Me contaban que tenían miedo de los controles policiales, ya que el bebé había nacido en casa y aún no lo habían inscrito, por falta de tiempo, ya que siempre estaban viajando. A veces la vida es tan injusta, porque ellos, que fueron los únicos que se dignaron a llevarme, fueron parados por la policía peruana en la carretera. Y como el chofer estaba asustado al llevar a su bebé sin papeles, se apresuró en bajar a ofrecer dinero a los policías, ya que al parecer conocía cómo funciona el sistema por estos lados. A mí me pidieron documentos, y al ver que mi pasaporte era chileno empezaron los problemas. Esto, porque los camiones de carga no pueden llevar pasajeros, cosa que yo no sabía, y así el camionero tuvo que pagarles una asquerosa coima a los policías peruanos. Avanzamos unos metros más, y los amigos bolivianos me dijeron que me bajara y caminara unos metros, porque había otro control policial, y así ellos me recogerían un poco más arriba. No acepté para no causarle más problemas y les pedí todas las disculpas del mundo por el problema ocasionado. Así, puteando mentalmente a la policía, llegué a la barrera del nuevo control policial, que era el lugar lógico para esperar algún otro transporte. Ellos me vieron y comenzaron a preguntarme sobre mí y mi viaje. Es curioso, porque estos otros policías me invitaron a almorzar y luego me ayudaron a conseguir otro transporte hacia mi destino. Nunca hay que meter en el mismo saco a todos, sino conocer a cada persona individualmente. De este modo llegué de noche al pequeño pueblo de Torata, y busqué un lugar apropiado para instalar mi camping.

Luego de disfrutar una agradable mañana en Torata y de apreciar el cerro Baúl, emprendí rumbo hacia Moquegua, por un hermoso y fértil valle, e inmediatemente después hacia Ilo, en la costa, por un camino camino que atraviesa el desierto (de Atacama creo) hasta llegar al océano Pacífico. En Ilo me quedé mucho rato en el mar, luego fui a observar el muelle pesquero y a compartir con pescadores y pelícanos. El ambiente de todos los puertos tiene características tan peculiares y parecidas. Conversé largo rato con la gente del mar, y luego recorrí un poco el pueblo compartiendo con más lugareños. Aprecié cómo es la vida por estos lados, y luego de dos noches volví hacia Moquegua, capital regional. Después de tantos meses, una brisa marina es una bendición.



En Moquegua estuve sólo una noche más, disfrutando de su bella plaza y rincones, aprovechando de conocer la vida nocturna de la ciudad y bebiendo varias cervezas con algunos amigos del lugar. En una caminata callejera llegué a un local donde vendían pisco, vino y miel del valle de Omate. Conversé con la muchacha que atendía, y así me convencí de cuál sería mi próximo destino: Omate. Busqué transporte y encontré, aunque lamentablemente no quedaban asientos. Y no era el único de pie, sino que éramos muchos, y todos apretadísimos. El viaje fue tortuoso, por camino de tierra, y más de 6 horas de pie. Pero bueno, es parte de la aventura.

Al llegar a Omate me recibieron unos improvisados amigos que estaban de fiesta en la calle, recibiendo pisco regalado desde otra fiesta adentro de un local. Por supuesto el pisco era hecho en la zona. El motivo de la fiesta era el aniversario de un mes de la muerte de algún caballero del pueblo. Así, tomamos cocktails de pisco durante mucho rato, y apreciábamos cómo iban saliendo caballeros y damas muy borrachos desde dentro del local, algunos ancianos incluso. Me di cuenta inmediatamente de que estaba en un pueblo pequeño y con gente buena. Algunos amigos también iban quedando en el camino por la borrachera, y cuando ya no nos regalaron más bebidas, entré a comprar yo un poco de pisco. Fue una noche de mucho pisco. En la mañana emprendí rumbo hacia una chacra cercana a la plaza del pueblo, en donde dormí bajo unos paltos que me ragalaban su sombra. Al despertar de la resaca me di cuenta de que estaba en un paraíso frutal. En sólo cinco minutos recolecté paltas, chirimoyas, membrillos y me subí a un naranjo a comer de sus frutos. Frutas deliciosas.



Al volver al pueblo aprecié la belleza del lugar y decidí quedarme varias noches. Uno de los días fui con un amigo a visitar unos geysers relativamente cercanos, con aguas hirviendo saliendo de las paredes de un río, rodeados de campos de cultivo y con montañas nevadas al fondo. Paisaje impresionante y rodeado de un cactus primo del San Pedro, el trichocereus peruvianus. Al volver al pueblo nos vinimos en una camioneta llena de alfalfa para los animales. En el pueblo mismo de Omate también hay montañas nevadas al fondo, y por supuesto sus aguas son las que dan vida y hermosura al valle. El valle es hermoso, y casi no llegan turistas al lugar, lo que por un lado es bueno, pero también me perjudicó, ya que tuve enormes ganas de subir a la montaña, y como toda la gente trabajaba, nadie me pudo acompañar. El agua es vida, y todo el valle está rodeado de pequeños pueblos, llenos de árboles frutales, y es un verdadero agrado y placer caminar por sus calles, y conocer a su gente. Acompañarlos al estadio a apoyar a su equipo de fútbol. Disfrutar de sus vinos. Meterse a una chacra, comer y recolectar frutos. Este valle es uno de mis descubrimientos turísticos favoritos. Es un paraíso.



Luego de varias noches disfrutando de los exquisitos y baratos yogurts, jugos de quinua, papas fritas y sandwichs varios, emprendí rumbo hacia la urbe arequipeña, en donde estoy ahora. El camino atraviesa un paisjae andino y pasa por algunos otros valles de cultivo más que frutales, con muchos animales y siempre por naturaleza impresionante.

lunes 25 de agosto de 2008

Rurrenabaque, Tiahuanaco y entrando a Perú

Luego de una corta estadía en la calurosa Trinidad, escapando de las celebraciones festivas para no atrasarme en el itinerario y acampando al lado de cacao al sol, tomé una moto taxi de las que abundan acá y en toda la selva boliviana, y así, con los hermosísimos primeros rayos de un rojo sol, llegué al terminal, y abordé un bus con dirección a San Ignacio de Moxos. Al llegar a este pueblo aprecié que no había casi nada de movimiento (el festival había pasado hace ya muchos días), por lo que seguí hasta el siguiente pueblo llamado San Borja, donde tampoco había nada más que mucho calor, así es que tomé una movilidad hasta Yucuma, cruce entre el camino hacia La Paz y hacia Rurrenabaque. Todo el camino era plano, inmerso en esta gigantesca sabana boliviana.



Esperamos largas horas en Yucuma, que también estaba inmerso en una intensa fiesta, hasta que finalmente en la noche pudimos ir hacia Rurrenabaque. Al llegar a "Rurre" inmediatamente comprendí el porqué es un destino turístico tan apreciado. Se nota en el aire. Inmediatamente me sentí bienvenido por diversos motivos, como cuando terminaba de instalar mi carpa en la playa del pueblo, a orillas del río Beni, y llegaron tres amigos bolivianos, dos israelitas y un colombiano, quienes me invitaron cordialmente a compartir con ellos. La fiesta fue hasta el amanecer y luego en el pueblo seguí conociendo mucha más gente, principalmente artesanos viajeros. Conocí también a mi amigo Martín, dueño de una agencia turística y legítimo heredero del último chamán de la etnia tacana, recientemente fallecido, con quien conversamos un poco acerca de Madidi, importantísimo parque nacional aledaño, y de las opciones a conocer sin pagar alguno de los tours muy caros. Finalmente, decidimos emprender rumbo por cuatro días hacia el cerro Brujo, cumbre más alta visible desde Rurrenabaque, y que aparentemente no posee ruta de ascenso, entre otras razones, porque la gente del pueblo le teme al cerro. Este ascenso era una idea que tuve en mente desde el momento que vi el cerro, y que luego pude estudiar con más detención al subir al mirador del pueblo. En este mirador se aprecia cómo Rurre está ubicado en el lugar exacto en donde termina la Cordillera de los Andes (subtropical) y comienzan las enormes planicies selváticas. Al oeste es todo cerros, y al este es todo plano.

Así emprendimos nuestra expedición, que el primer día nos hizo seguir el curso de arroyos acompañado de una enorme variedad de mariposas y animales pequeños, y luego comenzar a improvisar una ruta en el monte, no excenta de dificultades. Fue así como subimos todo el día, por lugares completamente vírgenes, llegando a la cresta de los cerros y subiendo siempre. Acampamos en un lugar incómodo y lleno de insidiosas hormigas e insectos. A la madrugada siguiente dejamos nuestro campamento armado y seguimos subiendo por la cresta de los cerros, siempre vírgenes, y con cada vez más dificultad, abriendo paso con machete y trepando cómo se podía entre tales pendientes y matorrales. Llegamos temprano a una primera cumbre sin mucha visibilidad y seguimos subiendo por un paso increíble hacia una segunda cumbre. Ya al medio día estábamos finalmente en una tercera cumbre desde donde podíamos apreciar a nuestro querido cerro Brujo desde lejos.




Comprendimos que avanzar desde ahí hasta nuestro objetivo era arriesgado por varias razones, y decidimos volver a desarmar campamento y así intentar otra ruta más cercana, ya que observamos todo desde lo alto. Al bajar Martín encontró ayahuaska, planta de poder, sagrada y medicinal, usada ancestralmente en la selva, con la que él trabaja frecuentemente sanando a personas. Así bajamos con nuestras lianas maravillosas, devolviéndonos por gran parte de nuestra ruta y luego intentando otra variante para ascender. Acampamos la segunda noche en un lugar muy agradable y comimos muy bien. Al día siguiente nuevamente seguimos caminando por otro arroyo, y aunque llegamos bien adelante, nos dimos cuenta de que nos habíamos pasado de largo, ya que teníamos las quebradas cercanas a nuestra cima en frente de nuestros ojos. La ruta hacia el cerro debía haber comenzado en nuestro segundo lugar de campamento. Lamentablemente no había más tiempo para seguir, por lo que nos alejamos de nuestro objetivo, siempre en el cerro, para llegar ya a una senda conocida en donde comenzamos nuestro retorno. A esas alturas ya los cuerpos estaban muy maltratados físicamente, y mis brazos y piernas llenas de heridas y picazones. Es realmente dura la expedición en la jungla y con pendiente, pero de a poco se aprenden cosas y se adquiere experiencia.

Así llegamos a un lugar muy confortable en donde preparamos la medicina y al atardecer la tomamos. El conocimiento ancestral se reveló con gran majestuosidad, y la medicina me purificó, y me hizo comprender muchas cosas. Si pudiese resumir la corta pero intensa experiencia en una sola palabra, esa sería: renacimiento. ¡Hay tantas cosas que no se pueden describir con palabras! Luego de esa maravillosa noche cobijados por el coro de la jungla, emprendimos retorno a la civilización. De paso encontramos otra liana gigante de ayahuaska, se le podría llamar ayahuaska madre, en la que me pude subir cual árbol. Martín aprovechó de llevar un poco para sus futuros trabajos, y de plantar algunas hijas en la cercanía.




Y yo ya sabía que debía comprar pasajes y hacer trámites para emigrar. Sin embargo, he prometido a Martín volver para trabajar con él, y seguir explorando la increíble naturaleza en el parque Madidi, considerado uno de los ecosistemas más intactos del mundo, con una biodiversidad abismante (aquí existe más del 10% de todas las aves del mundo), y seguir aprendiendo de lo que la Pachamama nos regala. Hay que preparar buenas expediciones, de esas que duran semanas y que permiten conocer incluso pueblos completamente aislados del mundo occidental, viviendo como antaño. Por ahora, lamentablemente sólo puede rozar a Madidi, ya que el tiempo se me acababa. Pero volveré.

De vuelta en el pueblo me he reencontrado con los amigos pasajeros, e incluso con los amigos músicos de Guapachá quienes tocaban en la noche. Al día siguiente emprendí rumbo hacia La Paz. En el bus, conocí a una amiga israelita con quien compartimos gratos momentos y escuchamos mucho rock, que ya estaba extrañando. Así, luego de muchas horas de viaje nuevamente llegué a La Paz, aunque sólo estuve momentos ahí, ya que me embarqué de inmediato hacia Tiahuanaco, pueblo con el sitio arqueológico más importante de Bolivia.

El pueblo de Tiwanaku surgió antes de Cristo como asentamiento de agricultores. Ya en el 700 después de Cristo se transformó en una prospera capital imperial de la cultura Tiwanaku con pirámides escalonadas, palacios, y eficientes sistemas de regadío. Aproximadamente en el 1100 se hipotetiza que una sequía devastadora terminó con el dominio de la cultura Tiwanaku en los Andes centrales. Es realmente impresionante ver cómo se está llevando a cabo el proceso de excavación de las ruinas, ya que el lugar está llenísimo de piedras semienterradas y con todos sus tesoros por descubrir. Por supuesto que los españoles al llegar saquearon todo lo posible, aunque debe haber muchos tesoros más.




Luego emprendí rumbo hacia Desaguadero, pueblo en la frontera peruano-boliviana, por un hermosísimo camino a orillas del Titicaca, y muy poblado de gente. Luego de tres meses, necesito resumir lo vivido en esta hermosa Bolivia en una sola palabra: fascinante.

viernes 15 de agosto de 2008

Cochabamba y alrededores, Río Ichilo y llegando a Trinidad

Cochabamba me recibió con la rudeza del robo de mi cámara. Iba yo caminando tranquilamente por el mercado, comprando frutas y mirando vegetales, cuando el hampón se acerca a mí y jala violentamente de la cámara colgada bajo mi brazo, y comienza a correr hacia el interior del mercado. Intenté perseguirlo con mi mochila pesada, las mamitas gritaban, y alguien también comenzó a perseguirlo. Dentro del mercado yo botaba todo a mi paso y las mamitas seguían gritando. Y es que acá en Bolivia el robo es intolerado. Si capturan a un ladrón la gente lo lincha. Pero la carrera fue en vano. El maldito ladrón huyó, y yo intenté seguirlo unas cuadras, y grande fue mi sorpresa cuando al llegar a una esquina, cuatro delincuentes le robaron el celular a un transeúnte. Me asusté demasiado y cogí un taxi para arrancar de ese lugar. Más tarde me arrepentiría, no de haber perdido mi cámara de fotos, sino de no haber defendido a la persona que le robaron el celular, ya que tengo un piolet que es una buena arma de defensa. En fin, son sólo cosas materiales. Los días siguientes me dediqué a buscar mi cámara en el mercado de cosas robadas, pero no la encontré y me he comprado otra en reemplazo.

Mi tristeza duró sólo un día, ya que al día siguiente me junté con mi couchsurfer Bastian, quien me llevó a su hogar en Tiquipaya, distante como 12 km del centro de Cochabamba, pero el camino siendo todo urbanizado. En Tiquipaya comenzó mi terapia de relajación, ya que el lugar es muy agradable, y estábamos en un lugar que prácticamente es campo. Grande fue mi sorpresa cuando en la noche descubrí que mi amiga Sophie, una australiana que conocí en el bus desde Samaipata, estaba quedándose en la casa de al lado, también por medio de couchsurfing. Con ella compartimos gratos momentos haciendo música por el campo, ya que tocaba quena y quenacho muy bien. Estar en casa de Bastian estuvo muy bueno para superar el corto trauma del asaltado, y la estadía fue muy grata. Compartí con su hermosa familia, y tuve un cuarto muy bueno para quedarme. Pude disfrutar del campo, conocer algunos papachos y su vida, ver cómo recolectaban flores, comprar fruta muy barata y recorrer el entorno. Además en Tiquipaya conocí al amigo Nomo, colombiano viajero con quien conocí a muchos artesanos y además a Paolo, otro artesano argentino con quienes luego emprendimos el rumbo hacia Villa Tunari. En Tiquipaya disfrutamos de la exquisita chicha de maíz que se vende por acá, en las chicherías reconocibles porque en su exterior tienen una banderita blanca.



Partimos entonces con Nomo y Paolo hacia la feria del pescado en Villa Tunari, pueblo famoso por estar en medio del Chapare, donde los cultivos de coca son numerosos y mayoritariamente destinados a la producción de cocaína. Llegamos allá de noche y conocimos a Pablo, un amigo ecuatoriano, y a Luciana y Julien, argentina y francés, quienes recientemente habían adquirido a la "Cholita", un autazo clásico en el viajaban y vivían. Nos fuimos a acampar al Parque Machía, en donde algunos extranjeros cuidan a muchos animales maltratados o rescatados. Aquí la fauna era hermosa y acampar aquí fue un privilegio. Luego llegó otro amigo colombiano y un amigo rasta boliviano, con quienes compartimos fiesta en Villa Tunari, nadamos en el río Espíritu Santo, trabajamos haciendo música, y comimos mucho pescado. Fue un grato compartir con estos amigos mayoritariamente latinoamericanos. Todos eran artesanos, músicos, malabaristas, o mezclas de tales cualidades.



Emprendimos rumbo luego con Luciana y Julien, futuros padres, hacia Puerto Villarroel, donde el calor me afectó demasiado de entrada, pero tuve una rápida recuperación. Al atardecer tuvimos la suerte de ver en el río a un par de delfines rosados, que posteriormente vería muchas veces más viajando por el río Ichilo. Los amigos emprendieron otro rumbo una vez que yo encontré un barco que me llevase por el río.

El barco que me llevaría por el río Ichilo era el "Papillón", y don Johnny era su dueño. Además, había otro amigo suizo, Stefan, que también quería hacer la travesía desde Puerto Villarroel hacia Trinidad, por lo que fuimos compañeros de viaje en la travesía río abajo. Además de don Johnny, Stefan y yo, viajaban 5 miembros más de la tripulación y 2 niños. Con ellos compartimos muchos días de viaje, y fue muy grato el trayecto. Pero demoramos mucho más de la cuenta. La primera noche nos debimos quedar en Puerto Villarroel, y pude disfrutar de un desfile en honor a la Independencia de Bolivia, esto es, su día nacional. Tardamos otro día en partir, y por el río íbamos disfrutando de la belleza del lugar y de la abundante fauna: vimos loros y mucha variedad de aves, delfines rosados, caimanes, capibaras, tortugas, etc. La comida en el viaje fue abundante y bastante exótica para mí: huevos de petas (tortugas), masaco (un delicioso acompañamiento de plátano, no de la fruta, sino del plátano comestible), y la exquisita carne de peta, bastante similar a la del vacuno. Además, al llegar a la boca del río Chapare, visitamos una comunidad que vive a orillas del río, para quienes el Papillón llevaba materiales de construcción. Estuvo muy interesante esta visita post-elecciones bolivianas. La gente en este lugar vive muy feliz a pesar de haber sufrido graves inundaciones los dos últimos años, y de vivir tan aislados. Durante el viaje pescamos muchísimo, y si al principio me costaba un poco, a los días ya era un maestro sacando los delicios blanquillos del agua.



Así viajamos, odiando los mosquitos que al anochecer nos masacraban, y disfrutando de atardeceres increíbles, cortas lluvias torrenciales, de la relajación de la pesca y de la grata compañía, además de los manjares que comíamos.



Llegamos finalmente hasta los terrenos de don Johnny, en la boca del río Grande, en donde tuvimos que esperar por otra embarcación para seguir nuestro rumbo, por el río que desde ahí pasa a llamarse Mamoré. Stefan y yo estábamos un poco agotados de las largas esperas, pero siempre valió la pena el viaje por el río. Y así, esperando, finalmente apareció un barco platanero en el horizonte en el que rápidamente nos embarcamos para proseguir el viaje hasta tierra firme.



El platanero iba con una familia y un poco más de gente, y a pesar de sólo viajar con ellos un día y medio, estuvo muy hermoso el tramo final del viaje hasta Camiaco. Acampamos una noche a orillas del río y al despertar de amdrugada se escuchaba un impresionante ruido, que según nos contaban, es hecho por monos. Una vez en Camiaco trataron de vendernos una anaconda que se escapó causando el susto y las risas de muchos niños y gente presente. Además de nosotros, otro pasajero en el barco platanero era don Víctor, "vecino" de don Johnny en él Mamoré, quien muy cordialmente me ha invitado a quedarme en su hogar acá en Trinidad, donde he estado comiendo más manjares y lavando un poco de ropa. Desde Camiaco hasta Trinidad el viaje casi fue interrumpido por un capibara que se atravesó en el camino y casi atropellamos. Por su parte Trinidad me ha recibido con mucho calor, mujeres hermosas, motocicletas varias, manifestaciones en la calle y también carnaval, que probablemente se deba a la celebración de la Virgen de Urkupiña, que en Cochabamba y Quillacollo debe estar celebrándose ahora mismo como Dios manda. ¡Jayaya Bolivia!

domingo 27 de julio de 2008

Santa Cruz y Samaipata

Como contaba antes, al llegar a Santa Cruz de la Sierra me recibió mediante couchsurfing Corina, quien vive con su novio Ranjan, ambos radicados unos meses en Bolivia. Cuando trataban de arreglar el baño que yo debía ocupar en casa, Corina rompió accidentalmente la cañería del WC y resultamos todos mojadísimos y con ataque de risa. Estuvo divertido. Luego comimos y nos juntamos con otro miembro de couchsurfing de Santa Cruz, y fuimos a un bar bueno, pero estábamos todos cansados. Al día siguiente nos levantamos muy tarde, yo lavé ropa, fuimos a la gigantesca feria de Santa Cruz, y luego yo emprendí rumbo hacia la periferia de la ciudad en donde era el primer encuentro boliviano de circo, malabares y artes callejeras. Me costó mucho encontrar el lugar, primero porque era lejos, pero principalmente porque nadie sabía nada de la actividad. Finalmente, google me salvó, como tantas otras veces, y pude llegar al lugar que estaba en el octavo anillo de la ciudad (creo), es decir, muy lejos. Valió la pena el esfuerzo porque me reencontré con muchos amigos viajeros, y además con la amiga de un amigo de Chile. Había muchos compatriotas y el show del sábado en la noche estuvo muy bueno. Para qué hablar de la fiesta posterior. Yo pasé de largo hasta el amanecer.

El día domingo dormí muy pocas horas porque Ranjan y Corina (y yo) estaban invitados a un asado a casa de amigos, y fuimos a las afueras de la ciudad, en una casa hermosa con muchos árboles frutales, y disfrutamos de una amena tarde de comida, jugos tropicales y grata compañía. Acá el clima es bastante grato como para vivir. Es un lugar muy relajante, por supuesto porque está fuera del ruido urbano. Se nota en la cantidad y calidad de árboles frutales, y en lo relajados que estaban todos los comensales. Luego en la noche fuimos a un barrio bohemio de Santa Cruz, con muchos locales bastante exclusivos, y llama mucho la atención que la policía cierra la calle en donde están los locales, y llegan muchísimos autos llenos de jóvenes, todos con sus botellas respectivas y grandes parlantes en la parte trasera del auto para armar su propia fiesta en la calle. Es interesante la idea. Y por supuesto se aprecia en todo momento que en esta zona está la riqueza económica de Bolivia.

Estuvo excelente la estadía en Santa Cruz, sobre todo por la hospitalidad de los amigos suizos, quienes además me dieron unas excelentes medicinas para el resfrío, que ya está curado.



Luego emprendí rumbo hacia Samaipata, lugar por el que ya había pasado cuando viajé desde Sucre a Santa Cruz. Llegué de noche, y ya tenía el teléfono de Manfredo, alemán radicado en Bolivia y peteneciente a hospitalityclub. A su casa llegué como a las 11 de la noche, y grande fue mi sorpresa cuando me abrió la puerta Gerónimo, un checo que también acababa de llegar por hospitalityclub. Conversamos un poco en la noche, a la mañana siguiente desayunamos con Manfredo y sus dos hijos menores, y en la tarde fuimos con Gerónimo al Fuerte de Samaipata, patrimonio cultural de la humanidad, y que es un complejo consistente de una enorme piedra ceremonial esculpida, con restos arqueológicos en sus alrededores y ubicada en un lugar estratégico de Sudamérica. Fue en sus inicios centro ceremonial de Mojocoyas y pueblos amazónicos, luego capital provincial del imperio incaico y luego fuerte español durante la colonia. La verdad es que durante este paseo comenzé a apreciar la increíble belleza de todo el entorno de Samaipata.



Al día siguiente tomamos nuestro equipaje y nos fuimos con Gerónimo de expedición a la jungla, y llegamos a acariciar el parque nacional Amboró. Digo acariciar porque el clima y la falta de agua no nos permitió adentrarnos más como queríamos.

Comenzó la travesía cuando subimos el cerro La Mina entre el bosque. Llegamos primero a una cima en donde hay una antena inmensa, que está inhabilitada con sus cables cortados, y nos trepamos en ella obteniendo una vista alucinante de 360 grados. Lamentablemente no quise tomar fotos porque el viento estaba increíblemente fuerte, la caída habría sido dolorosa, y recordé aquellos sabios consejos: "por favor, cuídate, y no hagas estupideces", jajaja. Caminamos un poco más hasta llegar a la cima, con un viento cada vez más fuerte y las nubes que cada vez nos cubrían más y más. Acampamos cerca de la cima, y aunque la noche estuvo estrellada, los días siguientes estuvieron completamente nublados, incluso con llovizna. De hecho, estábamos dentro de las nubes. Es lamentable, porque de seguro las vistas eran increíbles. Pero valió la pena disfrutar de todo el trayecto entre helechos gigantescos, y el bosque húmedo en general.



Al estar todo nublado pudimos disfrutar más de la belleza pequeña, como las flores, musgos, hongos, telas de araña, gotas de agua, mensajes precolombinos en los troncos de los árboles, etc. Lo bueno es que no nos faltó macoña, avena quaker, frutas, pastas, pan, tomates, aunque sí nos escaseó el agua a pesar de estar en un bosque tan húmedo e incluso con lluvia. Tuvimos que recolectar agua lluvia y después hervirla. ¡Y qué lugares recorrimos! ¡Qué bosque tan hermoso!



Y también estuvo buena la caminata nocturna de horas para volver a Samaipata. Me percaté de que, aún en ausencia de luna, los caminos rurales se pueden ver débilmente, por supuesto que sin que los árboles tapen el cielo. Así, al llegar nuevamente a Samaipata nos encontramos en casa de Manfredo con otro amigo polaco de hospitalityclub.

Luego de despedirme de Manfredo y los niños, emprendí rumbo hacia Cochabamba, en donde me encuentro ahora. Aquí planearé mi ruta hacia la amazonia boliviana. En el viaje conocí a un francés y a una amiga australiana (y chilena). Y al parecer se viene estos días un carnaval buenísimo en San Ignacio de Moxos. Espero que google me ayude nuevamente.

sábado 19 de julio de 2008

Atravesando el chaco boliviano y Sucre

Desde Tarija he tomado una movilidad hasta el pueblo de Villamontes, en lo que corresponde al chaco boliviano. Nuevamente he llegado a las 3 de la mañana, y aunque he buscado alojamiento, me he visto en la obligación de dormir en la parada de buses. Al amanecer en Villamontes busco desayuno y emprendo rumbo caminando hacia la salida norte del pueblo, en donde comienzo a "hacer dedo" al lado de una gasolinera. El esfuerzo da frutos cuando para una camioneta que va hacia Santa Cruz y me lleva gratis, aunque yo me dirijo hacia Sucre. El camino está lleno de vegetación, y hace bastante calor. Pasamos cerca de un lugar con historia bélica relativamente reciente, en donde flamea una bandera boliviana en cierta cumbre simbolizando el éxito al defender esas tierras frente a Paraguay. Luego me bajo en el pueblo de Camiri, ya que el chofer me cuenta que el pueblo está de aniversario y hay celebraciones varias.

Al final del día conozco a unos músicos que van a animar la principal fiesta del pueblo en la noche, y ofrezco grabarles su presentación. La banda se llama "Guapachá", son nueve integrantes, y con ellos he pasado un muy buen rato compartiendo y riéndome de sus locuras. Su repertorio es muy bailable y con muchos temas propios muy buenos. La fiesta dura bastante, y me voy a descansar de amanecida, no sin antes marvillarme de algunas imágenes del documental "Baraka", que vemos en la habitación de los músicos. Unas horas después me marcho hasta el cruce hacia Sucre, en donde comienza un camino de tierra, y me subo a un camión con un poco de gente, provisiones y equipos de sonido, ya que el pueblo de Muyupampa pronto estará de aniversario también. Y es que acá hay muchas fiestas, y eso me encanta.

El camino hacia Muyupampa es muy hermoso, y me hace aumentar la sensación que he tenido a viajar en el chaco boliviano: la zona es muy parecida a mis tierras en el sur de Chile. Pasamos por hermosos campos y nos vamos adentrando hacia los cerros, donde la frondosidad de la vegetación y la forma de los cerros me hace recordar mi tierra, aunque por supuesto los árboles y la vegetación en general es diferente, además de ser caluroso. Disfruto enormemente arriba de este camión, observando algunos pájaros sobrados de belleza, pero que lamentablemente no alcanzo a fotografiar. Me doy cuenta de que siempre me hace feliz ir arriba de una camioneta o camión que me ha recogido en el camino, observando a la gente en el camino y a la flora, fauna y geografía del lugar. Al llegar a Muyupampa al atardecer me subo a otro camión que llega hasta el pueblo de Monteagudo, y mi entusiasmo no se detiene ya que sigo observando todo, aún cuando hemos llegado de noche al pueblo.

En Monteagudo descanso una noche y disfruto del pueblo que posee como 30000 habitantes, pero es muy tranquilo. Al día siguiente emprendo rumbo a la salida del pueblo en donde espero alguna movilidad hacia Sucre. Aún me faltan más de 300 km para Sucre. Aquí conozco a un caballero que me cuenta algunas anécdotas referentes al paso del comandante "che" Guevara por estas tierras. Y es que en el año 1967 este caballero estaba en el servicio militar, y habían muchísimos soldados como él desplegados en una vasta zona buscando a la guerrilla comandada por el Che, quien de hecho pasó por muchos de los lugares que yo he recorrido los días anteriores. Así, aprendiendo un poco de historia reciente, llega un camión llenísimo de gente, maní, ajíes y otros productos del campo, que me llevará por la larga travesía hasta Sucre atravesando muchas cadenas de cerros.


Finalmente hacia Sucre propiamente tal vamos muy pocas personas en el camión, y pasamos la noche arriba, mientras el camionero se detiene a descansar en algún lugar de la ruta, y nosotros atrás amoldando los sacos a nuestras espaldas. Al día siguiente retomamos el rumbo con los primeros rayos de sol, y llegamos a Sucre a primer hora en la mañana. Aquí llamo por teléfono a Wolfgang, un amable alemán a quien he contactado antes, y me invita a tomar desayuno en su casa, donde me he quedado dos noches a dormir muy confortablemente. Su esposa es profesora de danza, y he aprovechado de observar cómo las niñas ensayan sus pasos de ballet. Con Wolfgang hemos ido al campo y lo he ayudado a recolectar piedras, y bosta de burros y vacas para abonar su jardín. Ha sido muy hospitalario y me ha contado muchas cosas interesantes, además de introducirme en la ciudad y sus atractivos. Sucre es una ciudad hermosa, capital de Bolivia (La Paz es sólo capital administrativa), con una bella arquitectura, limpia y ordenada.



El cementerio de la ciudad es también un parque hermoso, y al estar ahí inevitablemente me han llovido cuestionamientos existenciales acerca de la vida y la muerte.

La última noche en Sucre he reencontrado brevemente a dos amigos viajeros, y no he podido conocer mucho la vida nocturna porque un resfrío me ha tomado como prisionero, y es preferible cuidarse. El viaje en camión también tiene algunas desventajas.

Mi último día en Sucre comienza siendo influenciado por un bloqueo de muchas calles dentro de la ciudad, efectuado, al parecer, por los apoderados de colegios quienes protestan por el aumento de cierta tarifa de movilización. Y es que acá los bloqueos de caminos son demasiado frecuentes, y lamentablemente nadie hace nada. La policía no interviene y es gracioso, porque el bloqueo sólo consiste en un grupo de mamitas sentadas en medio de la calle, con unas cuantas piedras simbolizando el bloqueo. La gente ya está un poco cansada de esto, incluso Wolfgang, quien hace malabares para tratar de dejarme en un lugar propicio para emigrar. Y es que es demasiado frecuente escuchar sobre rutas cerradas de tal ciudad a tal otra ciudad. Pero, arriesgando mi paciencia y aunque todos decían que era casi imposible, esperé 2 horas y finalmente un camión me ha recogido para taerme hasta Santa Cruz de la Sierra, en donde ahora me encuentro.

El viaje desde Sucre hasta Santa Cruz es también hermoso. En las cercanías de Sucre se va siguiendo al Río Chico y su hermoso valle poblado de muchos habitantes, y con muchísimos cultivos, árboles frutales, etc. El viajar de día y poder disfrutar de las maravillas del camino es la razón principal del porqué prefiero viajar en camión: las flotas o buses viajan mayoritariamente de noche, completamente anti-turístico.



En este trayecto del viaje he sido acompañado por una pareja del pueblo de Samaipata, cercano a Santa Cruz, y a quienes pasaré a visitar, ya que me han invitado cordialmente a quedarme con ellos. Además toda esa zona es muy hermosa, al lado de un parque nacional, hay ruinas, y está repleta de atractivos turísticos.

Acá en Santa Cruz de la Sierra he llegado a casa de Corina y Ranjan, dos suizos radicados algunos meses acá, quienes me han recibido como un rey.

viernes 11 de julio de 2008

Potosí, Tupiza y Tarija

Luego de La Paz emigré hacia Potosí, ciudad de gran historia y que siglos atrás fue de seguro una de las urbes más importantes del mundo, debido a la inmensa cantidad de plata presente en el Cerro Rico, al costado del pueblo. Por supuesto que todas esas láminas de plata pura fueron llevadas al primer mundo. Aún hasta nuestros días el cerro cobija el sudor de aproximadamente quince mil mineros, quienes con mucho esfuerzo acarrean con sus músculos carros de una tonelada o más con minerales.

Cuando caminaba por las calles de Potosí me reencontré con un amigo de Chile que había conocido en La Paz muchos días antes. Y es que acá en Bolivia es muy fácil reencontrarse con gente que ya conociste en otro pueblo o ciudad, de hecho, me ha pasado como 4 veces ya. El amigo puconino estaba con dos amigas, una argentina y una española, y con ellos compartimos un par de noches en Potosí. Las dos noches que estuve aquí fuimos a una fiesta universitaria, a un bar con una banda de reggae, y compartimos además con dos españoles recién llegados a Sudamérica. El último día conocí a un amigo griego que vivió en Brasil y me ha contado muchas cosas interesantes. Además, con las muchachas compartimos una intensa experiencia visitando la mina Rosario, dentro del Cerro Rico. Es impresionante entrar en algunos túneles muy estrechos, con muchos metros de profundidad, y en donde trabaja un esforzado minero, casi en una tumba bajo tierra, martillando horas tras horas las paredes. El lugar es asfixiante y claramente no es un trabajo para cualquiera. Los mineros se parecen a Kiko, del Chavo del Ocho, ya que bajo una de sus mejillas siempre hay una inmensa cantidad de hojitas de coca, que les ayuda a trabajar en esta noche eterna, y se acostumbra a llevarles hojitas o refrescos de regalo al ir a visitarlos a la mina. Y aunque al parecer ya no queda plata pura en el cerro, el cerro se transforma cada vez más en un hormiguero, ya que sigue cobijando muchos minerales y hombres arriesgando a diario sus vidas para extraerlos.

Además dentro de la mina que visitamos pudimos ver al "Tío", palabra que deriva, si no mal recuerdo, de la imposibilidad de pronunciar la letra D en la lengua aymara, por lo que "Dios" se redujo a "Tío". El Tío es una estatua dentro de la mina a quien se la hacen innumerables ofrendas, como hojas de coca por doquier, cigarros encendidos en su boca, alcohol, e incluso fetos de llama.

Estuvo muy buena la rápida estadía en Potosí. La arquitectura colonial de gran parte de la ciudad muestra esos rasgos de grandeza de antaño. Y el cerro sigue conociendo el esfuerzo de miles de seres humanos.

Luego la ruta me lleva al hermoso pueblo de Tupiza, al sur de Bolivia, bastante cercano al pueblo de Villazón en la frontera con Argentina. Acá en Bolivia hay un problema con los horarios de muchos viajes en buses, y de esta forma he llegado al pueblo como a las 3 o 4 de la mañana, por lo que pernocté en la estación de buses hasta que amaneció. Creo que es la tercera vez que lo hago, y es bastante frecuente ver a las mamitas, o incluso familias enteras pernoctando en las estaciones de buses, todos bien equipados con sus frazadas y cosas para el frío.

En Tupiza conocí brevemente a dos amigos, un francés y un polaco a quienes espero reencontrar en Sucre. Luego conocí a tres ingleses con quienes compartimos en muy buena onda algunas comidas y fiestas varias. Con ellos y otros muchachos de Austria cocinamos y nos fuimos a un karaoke local a divertirnos. Además pude caminar en los alrededores inmediatos del pueblo, donde he quedado inmensamente sorprendido con las quebradas, cerros y cañones, todos rodeados de muchísimos cactus. La naturaleza que rodea a este pueblo es realmente hermosa.

Luego he tomado rumbo hacia Tarija, por uno de los caminos más hermosos que he recorrido, y donde he quedado impactado viendo una gran cantidad de grutas al lado de los precipicios en los caminos, e incluso he visto dos chatarras de autos o buses que han caído y que simplemente quedaron ahí, gobernadas desde la altura del camino por sus respectivas grutas en memoria de los fallecidos. Creo que es una buena táctica sicológica para que los choferes no distraigan su atención del volante.

Ahora en Tarija mi estadía creo que sólo será de una noche, ya que casi todos los hospedajes están llenos, y por ende lo que se encuentra es caro. Esta es la zona productora de vino del país, y anoche hicimos honor a ello con dos amigos argentinos y un boliviano que he conocido, disfrutando del elixir de uvas y recorriendo la ciudad fiesteando. La ciudad es muy agradable y ordenada, y el clima ya no es altiplánico: hace calor en el día y en la noche sólo un poco de frío. Además, mi llegada acá ha coincidido con la mitad de mi estadía presupuestada en Bolivia, y es curioso, porque estoy entrando a la zona de los "cambas", donde la adhesión al gobierno de Evo Morales es mucho menor que en la zona altiplánica, la zona de los "coyas".

Ahora trataré de buscar movilización hacia una zona cercana al Chaco, esto es, cercana a Paraguay, para luego ir a Sucre,y probablemente cambie un poco mi itinerario posterior para alcanzar a llegar a un encuentro de circo en Santa Cruz, donde espero reencontrar a varios viajeros que he conocido, como los amigos argentinos malabaristas que conocí ayer acá en Tarija.

viernes 4 de julio de 2008

Caminata a Coroico y escapando de La Paz

La siguiente aventura comenzó a gestarse al conocer a David y Eva, una pareja de amigos españoles, en Isla del Sol, en donde conversamos y nos entusiasmamos para realizar una caminata de varios días juntos. Hubieron varios interesados pero finalmente sólo fuimos los tres. Este trekking es bastante promocionado acá en Bolivia, y es llamado "El Choro trek", ya que pasa por un lugar llamado El Choro. Es una ruta usada ancestralmente, precolombina, y desciende de más de 4800 metros de altura hasta los 1300, con todo lo que ello implica.
Nos juntamos con David y Eva en La Paz y coordinamos todo para el viaje. Tomamos una movilidad hasta el sector de "La Cumbre", que es el punto más alto del hermosísimo camino que une La Paz con Coroico, y aquí empezamos la caminata. Seguimos subiendo por poco menos de una hora y llegamos al punto más alto de nuestra ruta. Desde aquí en adelante prácticamente todo el camino es bajada, bordeando montañas y riscos, vislumbrando cumbres nevadas arriba y cursos de agua rodeadas de pasto seco abajo. Además hay algunas pequeñas ruinas de tal vez un par de décadas, y que han de ser casas usadas para el pastoreo andino. Este tramo de montaña es muy hermoso y por supuesto frío.



Luego continúa bajando la senda bordeando un curso de agua, y se vislumbran casas de pobladores hasta llegar a la primera zona de campamento oficial casi a los 4000 msnm. Aquí pasamos nuestra primera noche.

Al segundo día, amanezco un poco mal del estómago, y grande será mi sorpresa al ver que al día siguiente se enferma David, y a los días siguientes se enferma Eva. Al parecer fue un queso que compramos. Este segundo día de trekking está marcado por el ingreso a la vegetación, aproximadamente en el segundo puesto de control (donde cobran el paso), vegetación que progresivamente aumenta su frondosidad, verde, variedad y espectacularidad a medida que se desciende, como se puede apreciar en las fotos en el link de la derecha, ordenadas cronológicamente. Lamentablemente este segundo día no es muy productivo en kilómetros, ya que mi cuerpo se siente débil, por lo que acampamos temprano y yo me acuesto como a las 4 de la tarde. Al día siguiente me entero que David ha pasado enfermo una muy mala noche.

El tercer día de caminata es más productivo, a pesar de ser casi sólo subida en un gran tramo, entrando cada vez en zonas más vegetadas, descubriendo cada vez más especies de flores, insectos, plantas y árboles, y casi todo el tiempo cubiertos por nubes. De hecho, al llegar a nuestro campamento en la tarde, luego de un arduo día de esfuerzo físico, está todo el cielo completamente nublado, y es comprensible ya que la vegetación es muy frondosa, y la quebrada por la que nuestra senda fluye es una suerte de autopista para las nubes. Nos instalamos junto a otros amigos bolivianos en nuestro campamento, y pasamos un buen rato aquí, compartiendo comidas y juegos.

Nuestro cuarto y último día de trekking comienza con el cielo absolutamente nublado, casi lloviendo, y en medio de una zona muy vegetada. Sin embargo emprendemos rumbo con la esperanza de que se despeje, al menos un poco, para poder disfrutar del paisaje en el que estamos inmersos, y que es quien finalmente nos gratifica todo el esfuerzo físico. Así caminamos bajo una llovizna muy fina por varios minutos e incluso horas. Cruzamos muchos ríos y con gratitud vamos viendo como a medio día se va despejando de a poco, recibiendo así un poco de manjar para nuestros ojos y sentidos en general. Escuchar los innumerables cursos de agua, los insectos y pájaros, ver y oler las plantas, saborear las exquisitas aguas, y todos esos pequeños placeres son impagables.




El sudor en la espalda es siempre bien recompensado con un buen descanso en medio de la naturaleza y una buena ración de sandwiches y frutas. La compañía de los amigos hace inmensamente grata la travesía en todo momento.



Así llegamos hasta el campamento "del japonés", y efectivamente al llegar conocemos a un anciano japonés quien recorrió varios continentes antes de llegar a instalarse a este lugar en medio de los cerros bolivianos. Nos muestra sus mapas hechos a mano y compartimos un momento con él. Luego preparamos un porrito y palomitas de maíz para proseguir el útlimo tramo de la caminata, que dura toda la tarde y nos lleva al pequeño poblado de Chairo, en donde luego de recuperar energías y descansar, nos montamos en una movilidad hacia Coroico. Ya en Coroico, hemos dormido nuestra primera noche en el suelo de un restaurant ya que está completamente lleno el pueblo y sus hostales. Al día siguiente disfrutamos de la final de la Eurocopa con los amigos españoles, pero no podemos celebrar mucho ya que ahora es Eva quien está muy enferma. Recorremos un poco el pueblo, y al día siguiente volvemos a la urbe paceña.
De vuelta en La Paz llego nuevamente a casa de Dada, a quien ahora detesto porque nos expulsó de la casa (pero no importa, está un poco loco y no me preocupa tanto). Estaba viviendo acá también Eneas, un amigo argentino, con quien he compartido bastante ya que es un viajero experimentado y me cuenta muchas de sus aventuras. Lo he acompañado a trabajar vendiendo poesía en La Paz, y hemos conocido a otro amigo de Estonia llamado Margus, y hemos estado recorriendo la ciudad buscando apartamento para ellos. Además, fuimos el jueves al mercado de El Alto, un mercado persa gigantesco e increíble en variedad y precios. Por fin me puse la vacuna contra la fiebre amarilla, y escapé de La Paz, llegando hoy en la madrugada a Potosí. Creo que es uno de mis últimos contactos con la zona altiplánica. ¡Y casi se me olvida!, fuimos al museo etnográfico en La Paz, que es gratis y está muy bueno. Muchísimos telares y tejidos, cerámicas, máscaras, etc.


Muchos cariños a todos quienes lean. Disculpen si está muy aburrido el relato. Las fotos están buenas. Saluditos.