El bus hacia Puno transita mayoritariamente por la ribera del Titicaca, pasando por algunos pintorescos pueblitos. Hay bastantes controles de la policía en el camino, y uno ya se da cuenta de que está en otro país cuando, por ejemplo, al divisar a la policía de tránsito todos los pasajeros en el pasillo del bus se agachan para evitar cualquier multa. Así, se llega a Puno mediante estrictos controles. En el pueblo he hecho algunos trámites, en particular tratar de resolver el problema del pasaporte, pero fue imposible: para arreglarlo debo volver a salir y entrar al país. ¡Burocracia tercermundista! Por mientras, recorro la ciudad, subo al mirador del cóndor en un cerro, desde donde se puede apreciar toda la urbe además de la bahía de Puno en el Titicaca. Como ha sido de costumbre durante el viaje, si hay algunos hombres bebiendo cerveza que me divisan, siempre me invitan y yo gustoso acepto la invitación y comparto con ellos. Además me he dirigido al muelle a visitar el destino turístico más apreciado del lugar: las islas de los Uros.
Los Uros eran un pueblo más que habitaba la ribera del lago a la llegada de los españoles, y según nos cuenta un guía local, al no querer someterse al dominio español, tomaron sus barcos de totora y se adentraron en el lago. En principio, construyeron sus pequeñas casas en los mismos barcos, y luego, construyeron islas flotantes para vivir. Extraían cierto tipo de raíces flotantes, las cubrían con un tejido simple de mucha totora que renovaban cada cierto tiempo, y ya está, se tiene una isla flotante que puede ser anclada. Aquí construían sus viviendas. Tal como me dijeron algunos amigos antes, es un lugar muy turístico pero muy impresionante. Hay decenas de pequeñas islas con algunas casas, y la gente, descendiente de los Uros, vive principalmente de la pesca y ahora del turismo y artesanía, aunque ya tienen todas las comodidades del mundo moderno, además de estar muy cerca de la ciudad de Puno, y estar rodeados de muchas totora que les permite seguir renovando semanalmente sus islas.

De Puno he vuelto a Desaguadero para salir a Bolivia y volver a entrar a Perú. Es gracioso cómo crucé innumerables veces el puente de un país a otro, con un control casi nulo. Sólo en una de las ocasiones me detuvo la policía peruana y me revisó. Es curioso además que la única frontera más estricta del continente es la de Chile, lo que repercute negativamente en la integración de nuestros pueblos. Y bueno, finalmente, tras una pequeña tortura sicológica del agente de migración, reingresé a Perú con mis 90 días. Así, me fui hacia la salida del pueblo de Desaguadero a "hacer dedo". Estuve muchas horas en esto, hasta que por fin paró un camión con dos bolivianos muy bondadosos y que llevaban a su bebé de cuatro meses con ellos. Me contaban que tenían miedo de los controles policiales, ya que el bebé había nacido en casa y aún no lo habían inscrito, por falta de tiempo, ya que siempre estaban viajando. A veces la vida es tan injusta, porque ellos, que fueron los únicos que se dignaron a llevarme, fueron parados por la policía peruana en la carretera. Y como el chofer estaba asustado al llevar a su bebé sin papeles, se apresuró en bajar a ofrecer dinero a los policías, ya que al parecer conocía cómo funciona el sistema por estos lados. A mí me pidieron documentos, y al ver que mi pasaporte era chileno empezaron los problemas. Esto, porque los camiones de carga no pueden llevar pasajeros, cosa que yo no sabía, y así el camionero tuvo que pagarles una asquerosa coima a los policías peruanos. Avanzamos unos metros más, y los amigos bolivianos me dijeron que me bajara y caminara unos metros, porque había otro control policial, y así ellos me recogerían un poco más arriba. No acepté para no causarle más problemas y les pedí todas las disculpas del mundo por el problema ocasionado. Así, puteando mentalmente a la policía, llegué a la barrera del nuevo control policial, que era el lugar lógico para esperar algún otro transporte. Ellos me vieron y comenzaron a preguntarme sobre mí y mi viaje. Es curioso, porque estos otros policías me invitaron a almorzar y luego me ayudaron a conseguir otro transporte hacia mi destino. Nunca hay que meter en el mismo saco a todos, sino conocer a cada persona individualmente. De este modo llegué de noche al pequeño pueblo de Torata, y busqué un lugar apropiado para instalar mi camping.
Luego de disfrutar una agradable mañana en Torata y de apreciar el cerro Baúl, emprendí rumbo hacia Moquegua, por un hermoso y fértil valle, e inmediatemente después hacia Ilo, en la costa, por un camino camino que atraviesa el desierto (de Atacama creo) hasta llegar al océano Pacífico. En Ilo me quedé mucho rato en el mar, luego fui a observar el muelle pesquero y a compartir con pescadores y pelícanos. El ambiente de todos los puertos tiene características tan peculiares y parecidas. Conversé largo rato con la gente del mar, y luego recorrí un poco el pueblo compartiendo con más lugareños. Aprecié cómo es la vida por estos lados, y luego de dos noches volví hacia Moquegua, capital regional. Después de tantos meses, una brisa marina es una bendición.

En Moquegua estuve sólo una noche más, disfrutando de su bella plaza y rincones, aprovechando de conocer la vida nocturna de la ciudad y bebiendo varias cervezas con algunos amigos del lugar. En una caminata callejera llegué a un local donde vendían pisco, vino y miel del valle de Omate. Conversé con la muchacha que atendía, y así me convencí de cuál sería mi próximo destino: Omate. Busqué transporte y encontré, aunque lamentablemente no quedaban asientos. Y no era el único de pie, sino que éramos muchos, y todos apretadísimos. El viaje fue tortuoso, por camino de tierra, y más de 6 horas de pie. Pero bueno, es parte de la aventura.
Al llegar a Omate me recibieron unos improvisados amigos que estaban de fiesta en la calle, recibiendo pisco regalado desde otra fiesta adentro de un local. Por supuesto el pisco era hecho en la zona. El motivo de la fiesta era el aniversario de un mes de la muerte de algún caballero del pueblo. Así, tomamos cocktails de pisco durante mucho rato, y apreciábamos cómo iban saliendo caballeros y damas muy borrachos desde dentro del local, algunos ancianos incluso. Me di cuenta inmediatamente de que estaba en un pueblo pequeño y con gente buena. Algunos amigos también iban quedando en el camino por la borrachera, y cuando ya no nos regalaron más bebidas, entré a comprar yo un poco de pisco. Fue una noche de mucho pisco. En la mañana emprendí rumbo hacia una chacra cercana a la plaza del pueblo, en donde dormí bajo unos paltos que me ragalaban su sombra. Al despertar de la resaca me di cuenta de que estaba en un paraíso frutal. En sólo cinco minutos recolecté paltas, chirimoyas, membrillos y me subí a un naranjo a comer de sus frutos. Frutas deliciosas.

Al volver al pueblo aprecié la belleza del lugar y decidí quedarme varias noches. Uno de los días fui con un amigo a visitar unos geysers relativamente cercanos, con aguas hirviendo saliendo de las paredes de un río, rodeados de campos de cultivo y con montañas nevadas al fondo. Paisaje impresionante y rodeado de un cactus primo del San Pedro, el trichocereus peruvianus. Al volver al pueblo nos vinimos en una camioneta llena de alfalfa para los animales. En el pueblo mismo de Omate también hay montañas nevadas al fondo, y por supuesto sus aguas son las que dan vida y hermosura al valle. El valle es hermoso, y casi no llegan turistas al lugar, lo que por un lado es bueno, pero también me perjudicó, ya que tuve enormes ganas de subir a la montaña, y como toda la gente trabajaba, nadie me pudo acompañar. El agua es vida, y todo el valle está rodeado de pequeños pueblos, llenos de árboles frutales, y es un verdadero agrado y placer caminar por sus calles, y conocer a su gente. Acompañarlos al estadio a apoyar a su equipo de fútbol. Disfrutar de sus vinos. Meterse a una chacra, comer y recolectar frutos. Este valle es uno de mis descubrimientos turísticos favoritos. Es un paraíso.

Luego de varias noches disfrutando de los exquisitos y baratos yogurts, jugos de quinua, papas fritas y sandwichs varios, emprendí rumbo hacia la urbe arequipeña, en donde estoy ahora. El camino atraviesa un paisjae andino y pasa por algunos otros valles de cultivo más que frutales, con muchos animales y siempre por naturaleza impresionante.











